Me he leido algunos libros que me expliquen cómo hacer que mis hijos se aficionen a la lectura, pero no hay forma.
A veces pienso que no son hijos míos o que el gusto de leer es un gen que no les he traspasado. Yo lo necesito tanto como respirar y además, lo hago delante de ellos -dicen que lo mejor es dar ejemplo-.
He probado a leer con ellos, a llevarles a la biblioteca, a comprarles el libro que prefieran, a hablarles de títulos que me gustaron cuando tenía su edad -Ende, Tolkien, o Zipi y Zape, da igual-; incluso me compré Como una novela, de Daniel Pennac para entender cómo pudo inculcar el placer de la lectura en sus alumnos adolescentes. Nada, de nuevo, fracaso total.
La última idea que se me ha ocurrido es hacerlo a través de la música, porque eso sí, se aprenden las letras de todas las canciones que les gustan, ¡incluso en japonés!
Cada vez leo más libros donde música y literatura se alimentan mutuamente -algo muy propio de estos tiempos donde fluye sin fronteras la creación cultural-, se autoreferencian y entrelazan en palabras y universos que resuenan con su propia banda sonora, como en el caso de Murakami -esos Baila, baila, baila o Kafka en la orilla-. La música complementa la historia, como si fuera una figura literaria más.
Hace poco he leido Mi color preferido es verte, de Pilar Eyre, donde la letra de canciones que conocemos -populares, habaneras o francesas- se cuelan como parte del texto. Es un libro ameno, se lee rápido.
Mi cultura musical reconozco que es muy limitada y facilona. Básicamente, escucho lo que suena en la radio -o últimamente, lo que me descubre uno de mis hijos, a quien le gusta el rap-. Por eso me gusta cuando algunos libros amplían también mi cultura musical. Me ha pasado con los libros de Elisabeth Benavent donde las canciones te transportan a ese momento especial e intenso, o con La chica de Los Planetas, un libro que me tiene enganchada y no tanto por la música - que está presente hasta en el título-, sino por cómo escribe la historia ese jodido Holden Centeno. Y quizás, este sí, se lo pase a mi hijo para ver si entre música, amor y un Madrid muy cercano, se engancha a leer.
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miércoles, 17 de diciembre de 2014
sábado, 3 de mayo de 2008
Mamelucos, porque lo dice el programa

Escultura de tambores sobre un torno fresador, un molino de guitarras, una plataforma de platillos... la expectativa creada en torno a este espectáculo del 6Goyas6 se vino abajo ante la representación. Una orquesta árabe (lo mejor de lo que vimos), caballos y jinetes que iban y venían, y estos mecanosmusicales sonando sin apenas melodía ni volumen. Si esa mezcla de elementos inconexos reflejaba algún aspecto de la batalla de los Mamelucos, que vengan y me lo expliquen.
sábado, 10 de noviembre de 2007
Explosión de rojo en la sierra de Madrid
El primer día comimos unos bocatas en el área recreativa que hay cerca del Hayedo, donde hay mesas, y una explanada para que corran los niños (y nosotros para tumbarnos un ratito de sobremesa). Luego, desde ahí mismo, empezamos un pequeño recorrido por un sendero que sigue el curso del río Jarama hacia abajo. Apenas fue hora y media, pero suficiente para el primer día.
El segundo día fuimos pronto a La Hiruela, porque nos habían dicho que salía un paseo guiado que salía desde el Ayuntamiento a las 11 de la mañana. Allí fuimos, todos dispuestos pero cuando llegamos nos dijeron que era la fiesta de la "Recolección del Pero" y que el paseo se retrasaba a las 12:30. La Hiruela es un pequeño pueblo de montaña cuyos habitantes -pocos y la mayoría ya mayores- se han preocupado de conservar el pueblo con la misma arquitectura de la zona, manteniendo sus costumbres y tradiciones. Decidimos hacer el paseo nosotros mismos, y seguimos un sendero que baja escoltado de enormes árboles y vegetación, hasta el Molino de Agua, por donde pasa un riachuelo que antes, movía las ruedas del molino.
De ahí subimos el sendero hacia lo que llaman las Carboneras, por la ladera del monte -de frente vimos las colmenas de piedra- y volvimos en el paseo junto a la carretera hasta volver al pueblo. Cuando llegamos a la plaza, el pueblo se había llenado de turistas como nosotros. Las mujeres del pueblo habían montado un pequeño puesto donde exponer sus "peros" -una variedad de manzana que se da en la zona- y parecía que iban a dar una degustación de migas a los visitantes. La verdad es que no nos quedamos a esperar porque por la cantidad de gente que había, creímos que ibamos a tocar a poco....
Buscamos donde comer en alguno de los tres restaurantes del pueblo - Ad Libitum, Casa Aldaba o el mesón -, pero nos dijeron que estaba todo reservado (en los dos primeros, ¡desde hacía días!), así que iniciamos un periplo en otros pueblos de los alrededores en busca de algún sitio donde comer. Si nos hubiéramos llevado unos bocadillos hubiéramos comido muy a gusto en el molino de agua y nos hubiéramos ahorrado las protestas de hambre de los niños.
Esa misma tarde, paseamos por Horcajuelo de la Sierra, otro de los pueblos de la zona, con mucho encanto también. No nos complicamos mucho la vida, simplemente buscamos un camino que se metía hacia el monte y lo seguimos durante un buen rato hasta que nos cansamos.
El domingo por fin, fuimos al Hayedo de Montejo. Se necesita un pase para entrar que se puede conseguir o bien reservando con anticipación cuando se abren los plazos para hacerlo, o bien levantándote a las 6 de la mañana para hacer cola desde temprano y estar entre los 80 afortunados/as que consiguen un pase del día.
Madrugar tanto no nos hacía mucha ilusión, así que hicimos caso a un lugareño que nos recomendó verlo desde el margen derecho del río Jarama, el que está ya en la provincia de Guadalajara. Allí no se necesita pase ni nada, así que cruzamos el puente y nos adentramos en un pequeño sendero que seguía paralelo al río. La vegetación estaba más salvaje y no había senderos bien cuidados, como en la otra margen del río, pero mereció la pena: el hayedo no entiende de fronteras provinciales ni de pases, y ahí están las hayas, rojas, doradas, esplendorosas en pleno otoño.
Estuvimos tentados de cruzar por alguna hilera de piedras al otro lado "controlado" del río, pero ¿qué más daba? A los niños les gustaba la aventura de meterse entre las hierbas y las piedras, explorando caminos nuevos, distintos a los siguen la voz del guía oficial del hayedo madrileño. Luego escalamos un poquito para verlo desde arriba, como lo ven las vacas escaladoras que deambulan sueltas por ahí...
Etiquetas:
Madrid,
Turismo con niños
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