jueves, 3 de marzo de 2016

De vaginas y responsabilidades

Últimamente parece que hay una especie de recuperación y reconocimiento "social" del movimiento feminista, sobre todo por las propias mujeres. En el libro Cómo ser una mujer de Caitlin Moran me gustó el capítulo en el que reivindica el uso de la palabra feminismo, tan desnostada y mal utilizada durante tanto tiempo, incluso por nosotras mismas, que parecía que autodefinirse como feminista era sinónimo de amargadas, malhumoradas, mal vestidas y mal folladas.

Así ¿quién querría ser feminista, aunque eso significara defender tu libertad e igualdad ante el hombre? Lo hacías, pero sin definirte.

Puede que sea sólo una cuestión semántica si hacemos caso a esta mordaz escritora británica, para quien "técnicamente, es imposible que una mujer se oponga al feminismo" desde el mismo momento que tienes una vagina y te haces responsable de ella: eso supondría oponerse al derecho al voto de las mujeres, aceptar ser propiedad o estar bajo las órdenes de tu marido en el momento que te casas, o asumir que es normal que tu salario sea inferior al del hombre por el mismo trabajo. Y ninguna de nosotras quiere eso ¿verdad?

Nunca he sentido en mis propias carnes que tuviera que defender esa igualdad irrenunciable. Por suerte, mis padres me educaron –al igual que a mis tres hermanos varones– para ser independiente, autónoma y aspirar a lo mismo que cualquier otra persona (hombre o mujer), sin límites. Pero una cosa es lo que tú pienses y creas, y otra cosa es lo que piense la sociedad en la que vives, conformada en su mayoría por hombres que dirigen, deciden e influyen en que el mundo funcione de un determinado modo: a su modo.Y para llegar a esos niveles directivos, es imprescindible comulgar con ese modo de ver el mundo, si no, no llegas (ahí tenemos a Merkel). Y eso es muy difícil del cambiar porque es sistémico, estructural e incluso atávico, si me apuras.

Quizás ha llegado el momento en que debamos pedir el paso, asumir también nuestro papel y nuestra responsabilidad. Y sí, ejercer de feministas más allá de nuestra percepción cotidiana, que es posible que no sea mala. Es posible que no nos sintamos discriminadas, que en nuestra casa haya igualdad, que nuestro marido se encargue de los niños tanto como tú, que tengas un trabajo con igual sueldo que tu compañero, pero por encima de eso, el mundo lo siguen dirigiendo los hombres. Ver en la tele una sesión del parlamento europeo o de Naciones Unidas o del Congreso español es de coña: fijaos en la cantidad de hombres trajeados que hay frente a las mujeres; fijaos en la cantidad de dirigentes masculinos.

Y miremos a nuestro alrededor: ¿cómo está el mundo?

Así que sí, me parece estupendo reivindicar y quitarle connotaciones negativas al término feminista. En el fondo, pueda que tenga que ver con la aceptación y la puesta en valor de nuestra identidad diferenciada respecto a los hombres. Reinvidicamos nuestro cuerpo,  nuestra parte emocional,  nuestra sexualidad,  nuestra inteligencia y capacidades "femeninas" (ojo, digo esto sin renunciar a la inteligencia que nos iguala a todos, hombres y mujeres), nuestro pensamiento, nuestra libertad.